El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota MarÃa, como todas las hijas de Oriente, cabalgaba sobre una hermosa pollina de blanca y fina piel. Del aparejo pendÃan dos cestas de palma con las provisiones del viaje, y una vasija de barro para sacar agua de las cisternas.
José caminaba a su lado; con la una mano conducÃa la rienda del animal, con la otra se apoyaba en un nudoso cayado.
—¡Buen viaje! ¡Buen viaje! —les dicen sus parientes y amigos, viéndoles salir del pueblo en dirección a Samaria.
Los castos esposos les contestan con una sonrisa afectuosa, y siguen su camino. El dÃa anunciaba lluvia; el cielo, encapotado, comenzaba a cubrirse de oscuras y espesas nubes.
José quitó de sus hombros el manto de piel de cabra y lo colocó sobre las delicadas espaldas de su esposa para preservarla de la lluvia que comenzaba a descender sobre la tierra en gruesas y precipitadas gotas, y, confiando en Dios, prosiguieron su marcha en dirección a la ciudad sacerdotal.
La noche llegó, y los santos viajeros se hospedaron en un desmantelado kervanseray que en las faldas del Naim servÃa de refugio a las fatigadas caravanas de Galilea y de Samaria.