El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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Diez mil hombres comenzaron a devastar del Líbano los olorosos cedros, y siete años después el templo estaba concluido. Los jonios necesitaron doscientos años para construir el templo de Diana en Éfeso. Dios le había cumplido su palabra, porque aquella maravilla del arte verdaderamente era un milagro.[*] La fama llevó por la dilatada tierra el renombre del rey poeta.

Las naves de Salomón recorrieron los mares, trayendo a su «ciudad amada» todo lo más grande, lo más rico, lo más sorprendente de los extensos países del Universo.

La reina de Saba, la hermosa Nicaulis, atraída por la fama de Salomón, quiso conocerle y deslumbrarle con su riqueza. La soberana del Mediodía llegó a la ciudad santa, seguida de un séquito deslumbrador. Al pisar el pavimento del palacio de Salomón se alzó la falda de su vestido, cuajado de pedrerías, temiendo mojarse sus diminutos pies, cubiertos de diamantes y zafiros. El rey se sonrió viendo el temor de la princesa, pues lo que ella había creído que era agua no era otra cosa que cristal bruñido.

Entonces Nicaulis le dijo:

—¡Dichosos los que alcancen tu sabiduría, oh rey! ¡Dichosos los que te sirvan, oh señor!

Nicaulis salió de Jerusalén cargada de regalos. La que había querido deslumbrar, había sido deslumbrada.


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