El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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Acordes los Magos, volvieron a montar en los ligeros dromedarios, y poco después entraban en Jerusalén por la puerta Judiciaria. Pero, ¡ay!, la ciudad no presentaba el bullicioso y alegre cuadro que esperaban. Las calles se veían desiertas, y las rosas, el mirto y el laurel no alfombraban su duro pavimento. Las arpas de los hebreos no entonaban alegres melodías: las doncellas de Sión no elevaban sentidos cantos a Jehová. La mirra y el incienso no se derramaban ante los altares del templo. El óleo no ardía en los pebeteros, y las lámparas de oro no alumbraban los ricos trajes de los sacrificadores.

Jerusalén, muda, silenciosa, casi desierta, recibió en su recinto a los peregrinos de Oriente. Algunas mujeres curiosas, envueltas en sus ligeros mantos, se asomaban a las azoteas para ver pasar a los viajeros. Los reyes, tristes, desalentados, caminaban calle adelante. La esperanza se iba enfriando en sus corazones. Poco a poco fueron agrupándose en torno de la oriental cabalgata algunos curiosos.

Entonces Gaspar, que iba delante, se inclinó sobre el nervudo cuello de su dromedario, y dirigiendo la palabra a los curiosos espectadores, les dijo:

—Jerosolimitanos, vosotros sabréis en dónde se halla el Mesías prometido por los profetas, el Rey de los judíos que acaba de nacer.


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