El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Herodes fue como el torrente desbordado, que todo lo arrolla ante su paso; como el rayo, que todo lo incendia con su caída, como la peste, que todo lo mata con su aliento. Esclavo de sus pasiones, imperioso y colérico, llegó a la edad de veinticinco años cruzando por una senda de crímenes y de escándalos.
Su padre, Antipater, que había prestado al César vencedor de Pompeyo y señor de Roma, servicios importantes en el cerco de Alejandría, alcanzó del dictador romano el gobierno de Galilea para su hijo Herodes. Su edad frisaba en los veinticuatro años cuando subió las primeras gradas que debían conducirle al trono de la inmortal ciudad de Jerusalén.
Herodes era arrojado y ambicioso. Los obstáculos no existían para él. Había soñado una corona, y el crimen, el oprobio, la bajeza, no detuvieron su paso.
Por lograr su fin, no hubiera retrocedido aunque se hubiera visto precisado a pasar por encima del cadáver de su padre, de sus hermanos, de su raza entera.
Una corona, sólo una corona anhelaba su ambición, y despreciando los obstáculos, siguió el camino que podía conducirle a la realización de sus sueños con la frente erguida.