El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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Pero la suerte le fue contraria: vencido por Antígono su rival, rey de Judá, se vio precisado a refugiarse con su familia y su riqueza en un castillo de Idumea. Herodes se ahogaba en aquel rincón de la Arabia pétrea.

Cuando algunas tardes, desde los altos torreones de su inexpugnable fortaleza, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada torva, extendía sus sangrientos ojos por aquellas soledades de estéril arena y calcinadas rocas, lanzando un rugido desde el fondo de su agitado corazón, solía exclamar con bronco acento:

—¡Idumea! ¡Idumea!, mansión de los chacales, patria de los lobos, tú no eres más que un esqueleto, y sólo presentas a mis hambrientas fauces huesos que devorar. Pero yo necesito una tierra donde el hueso esté unido a la carne, para aplacar este apetito que me consume. ¡Jerusalén! ¡Jerusalén, tú eres el plato que ambiciono en el festín de mis sueños… yo seré tu rey y tú mi esclava!; sobre tus altivas torres ondeará mi pendón escarlata y oro; tus hijos besarán el polvo que levante la fimbria de mi regio manto y tus doncellas cantarán himnos de gloria ante las aras de Sión, por su señor Herodes.

Por fin el desterrado de Idumea abandonó una noche su fortaleza, y arriesgando mucho en su atrevida empresa, pasó a Egipto a captarse la voluntad de Cleopatra.


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