El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Herodes había calculado bien confiando sus ambiciosas esperanzas en la reina de Egipto, tan célebre por su hermosura como por sus crímenes.
Sólo una pantera podía comprender los instintos de un tigre. Las hienas acuden siempre a los gritos de los chacales. Herodes, recomendado por Cleopatra a Marco Antonio, pasó sin perder tiempo a la orgullosa y degradada ciudad de Roma.
El Senado, resentido con Antígono porque había pedido auxilios a los parthos, enemigos acérrimos de Roma, se puso de parte del ambicioso idumeo que llegaba a las puertas del Capitolio a implorar su protección.
El viento de la fortuna comenzó a orear los dorados ensueños del verdugo de Belén. Antonio apadrinó las ambiciosas aspiraciones de Herodes, y accediendo a los ruegos de la que más tarde debía compartir con él su tálamo nupcial y su sepulcro, ofreció a su recomendado la corona tributaria de Jerusalén.
Herodes, al aceptarla, se convirtió en el primer esclavo del Capitolio. El César romano era desde entonces su señor. Pero ¿qué le importaba, cuando iba a sentarse sobre un trono, cuando sus sienes iban a coronarse con el verde laurel que entretejía el Senado para sus favoritos?