El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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El pueblo comenzó a demostrarle el amor que por él sentía, y Herodes, celoso de aquel cariño que él no había sabido inspirar, mandó ahogar a su cuñado en un baño en Jericó, y fingiendo después un dolor hipócrita por su muerte, supo justificarse a los ojos de los fariseos y altos dignatarios de Jerusalén.

El Senado de Roma atendió en esta ocasión más a los regalos del asesino que a la justicia que reclamaba la inocencia sacrificada.

Jamás monarca alguno sobre la tierra derramó tanta sangre inocente, ni dio cabida en su pecho a tan bajas pasiones, como Herodes, el idumeo, a quien la historia dio el dictado glorioso de Grande. Fue poderoso, careciendo de todas las virtudes que honran y engrandecen a los monarcas. Cruel y sanguinario, se gozaba en el dolor de sus víctimas. Hizo morir al viejo Hircano, abuelo de su esposa, el cual le había salvado la vida siendo gobernador de Galilea. Los años y la alta dignidad de Hircano no detuvieron el brazo de su ingrato asesino. El delito del pobre anciano no era otro que el de sospechar su verdugo que había recibido algunos dones del rey de los árabes.

Su esposa Mariamne, la princesa más bella de su tiempo, y que poseía un talento nada común, murió asimismo asesinada por orden de su marido y poco después, cupo la misma suerte a Alejandra, madre de la desgraciada Mariamne.


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