El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Temeroso de que su hijo Filipo vengara a su madre, le dio muerte, sin que la voz de la naturaleza se levantara para detenerle desde el fondo de su corazón. El pueblo indignado, viendo aquel río de sangre que hacía correr un bárbaro opresor, comenzó a agitarse como un campo de espigas sacudido por dos vientos encontrados.
Herodes, protegido siempre por Roma, cortó aquellas cabezas que se erguían ante su paso desafiando su poder. Una corona de laurel, comprada en el Capitolio con el oro del rico y la indigencia del pobre, manchaba su frente, llena de remordimientos.
Porque su vida era un remordimiento continuo.
Sus intranquilos sueños siempre se veían poblados de fantasmas aterradores, de visiones horribles que, girando en infernal tropel por su cerebro, le amargaban sin cesar una por una de las sangrientas horas de su maldita existencia.
Herodes, no tenía para oponerse a la abierta rebelión de su pueblo más que sus sicarios, sus cortesanos y la secta baja, despreciable y reducida de los herodianos, que al recibir de su señor el oro a manos llenas, había pretendido elevarle sobre el altar de Sión y adorarle como a un Dios.