El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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Para aquel hijo del lago de Schiat no había más Dios, más ley ni más pasión que su señor. El monarca de Jerusalén amaba a su esclavo como a un miembro de su cuerpo.

Cingo era su brazo. Algunos enemigos de Herodes intentaron comprar la fidelidad del feroz africano, que dormía a los pies del lecho de su señor con la mano puesta en el mango de su cuchillo y el oído atento como un perro leal; pero sólo habrían comprado su muerte, porque Cingo era incorruptible como las aguas del mar.

Cuando Herodes le vio aparecer en la puerta de su cámara se sonrió, pues sabía que para llegar a él era preciso antes pasar por encima del cadáver de Cingo.

El idumeo le hizo un ademán indicándole que esperara. El esclavo se inclinó en señal de acatamiento.

—¿Dónde están esos reyes que dices? —preguntó Herodes a Verutidio.

—Han levantado sus tiendas junto a los derruidos pórticos del palacio de David.

—Cingo, enciende las teas resinosas, reúne a mis herodianos y tráeme a esos extranjeros.

Cingo salió, seguido de los esclavos.

—Tú, Alejo, reúne a los sumos sacerdotes y escribas de la ciudad, a esos sabios conocedores de las profecías hebreas, y condúcelos a esta pieza.

Alejo obedeció sin decir una palabra.


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