El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Tú, mi bravo Verutidio, junta tus legiones y acámpalas en los pórticos de mi palacio, y tú, mi querida hermana, mi buena Salomé, consulta a los médicos de la ciudad sobre la salud de tu pobre hermano.
Todos partieron a ejecutar las órdenes del señor de Jerusalén.
Herodes se quedó solo, y después de una breve pausa, durante la cual permaneció inmóvil como si estuviera clavado en la alfombra de su habitación, lanzó un suspiro, y dejándose caer en su mullido lecho, murmuró estas palabras:
—¿Qué rey será ese que acaba de nacer?… ¡Oh! ¡Pobre de él si cae en mi poder!
Y luego, extendiendo la diestra sobre la corona que se hallaba en la mesa de mármol, continuó:
—Esta corona es mÃa; sólo desearla cuesta la cabeza. ¡Pobre de él si la mira con codicia, si quiere arrancarla de mis sienes!