El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Aquella ciudad era Belén de Judá, patria inmortal, cuna santificada del Redentor del hombre. Los reyes se disponían a entrar en Belén, cuando la estrella, como si se hubiera desprendido de la mano misteriosa que la sujetaba en el espacio, cayó del cielo y fue a colocarse sobre la desmoronada y ruinosa puerta de un establo.
Los reyes creían encontrar en un palacio al Mesías; pero aunque les asombró el sitio miserable que la mensajera del cielo elegía para detener su paso, echaron pie a tierra, y haciéndose descalzar las sandalias por sus esclavos, hundieron sus frentes en el polvo del umbral y entraron después en el establo.
El Niño Dios se hallaba tendido sobre un humilde lecho de paja; la Santa Madre, a su lado, contemplaba con dulce veneración a la prenda de su amor.
El astro de los cielos le enviaba sus hermosos rayos, que caían como un arroyo de luz sobre la Madre y el Hijo.
Los reyes avanzaron hasta el pie del pesebre con profundo respeto. Grande era la fe que les animaba, cuando doblando la rodilla fueron a besar con respeto los pequeños pies de aquel niño pobre y abandonado que había nacido en un establo.