El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Los santos esposos escucharon absortos las palabras proféticas del anciano Simeón, que con los ojos arrasados en lágrimas permaneció estático contemplando el candoroso semblante del Niño-Dios.
—¡Oh, Madre feliz! —prosiguió el anciano después de una pausa—. Tu Santo Hijo será el sol resplandeciente que espante las tinieblas que envuelven a Israel. Objeto de gloria para unos, motivo de perdición para otros, su santo nombre será el alimento del débil, el temor del fuerte; y Tú, que le llevaste en tu seno, verás traspasada tu alma maternal por la acerada punta de cien espadas.
Cada vez más admirada MarÃa de las profecÃas del anciano, le miraba sin despegar los labios, como si a través de sus misteriosas palabras viera el doloroso porvenir que los cielos le destinaban.
HabÃa entonces en Jerusalén una mujer entrada en años llamada Ana la Profetisa, hija de Samuel, de la tribu de Aser. Esta virtuosa viuda pasaba la vida entre la penitencia, el ayuno y la oración; vivÃa continuamente en el templo, y era respetada entre los judÃos por su saber, como uno de sus sacerdotes, como uno de sus profetas.
Ana llegó al templo en ocasión en que el Niño Jesús se hallaba aún en los brazos del anciano.