El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —¡Oh, pueblo de Israel! —exclamaba la profética mujer derramando lágrimas de gozo y elevando sus ojos al cielo—. ¡Oh, pueblo de Israel! ¡Venturosos descendientes de Abraham y de Jacob!, ya sobre la tierra afortunada de Judá ha descendido el Dios fuerte, el Dios poderoso que ha de llevar vuestro estandarte glorioso por todo Oriente. Miradle… Este es… El vaso humano que contemplan vuestros felices ojos encierra el Ser inmortal y poderoso de Jehová. Sembrad flores y palmas ante el paso de su Santa Madre; elevad cánticos de Hossana… por la gloria del Hijo… Corred, piadosas mujeres, justos israelitas, sabios sacerdotes, poderosos escribas, esparcid tan fausta nueva por los dilatados confines de Palestina… ¡Hijos de Jerusalén!, engalanaos como en la fiesta de los Ázimos, cantad como en la fiesta de los Tabernáculos, derramad óleos y esencias como en las bodas de los príncipes; porque aun todo eso y cuanto hagáis en honor de su anhelado advenimiento, será pobre y mezquino para obsequiar al Mesías salvador de nuestra oprimida raza.
Y Ana, la inspirada profetisa, la virtuosa viuda, abandonando el templo de Sión, comenzó a correr por las calles de la ciudad sacerdotal pregonando la venida del Mesías, el nacimiento de Dios.