El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Marco Antonio, de simple soldado llegó a cónsul: ya ves que cónsul es algo más que centurión.
—También era mucho más Marco que Cayo.
Los soldados se rieron, no tanto del chiste como porque lo decía su jefe; y Cayo, que como todo militar valiente, era jovial y poco rencoroso, rió también con sus compañeros, ofreciéndoles su protección para el día en que el Senado le llamara al Capitolio a regir los destinos de Roma.
El centurión dio poco después la orden de partir, y tomaron a buen paso el desigual y quebrado camino que conducía a las playas de Cesárea, adonde les enviaba Archelao, el hijo de Herodes, para evitar que los reyes Magos se embarcaran en aquellas costas.
Conforme iban alejándose las pisadas de los caballos, las caídas hojas de la palmera tornaban a tomar su posición natural. Entonces pudo verse a la Santa Familia reclinada sobre el calloso tronco del árbol protector, que dormía con el sueño tranquilo y dulce de los justos.
Dios, sin duda, para evitar a la afligida madre una hora de horrible angustia, oyendo a pocos pasos de Ella la conversación de los perseguidores de su Hijo, hizo que descendiera sobre ellos el fluido reparador del sueño.