El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota EL BUEN LADRÓN
Al despertar María y José del dulce y reparador sueño que habían disfrutado a la sombra de la hospitalaria palmera, la luna, traspasando con sus plateados rayos las apiñadas hojas del árbol que les servía de tienda, bañaba con su luz clara y tranquila la sonrosada frente de Jesús.
Una sonrisa de indefinible ternura vagaba en los rojos labios del Santo Niño, y una mirada amorosa dirigida a su madre infundió a la Virgen nazarena todo el valor que en tan penoso viaje necesitaba su espíritu.
—¿Es esto un sueño? —decía la Virgen, estrechando a su Hijo contra su corazón—. ¿Vive aún la vida de mi vida?… ¡Dios de bondad! ¿Sus impíos perseguidores no han derramado su preciosa sangre?
—Sí, María sí —contestóle su esposo—. Los ángeles del Señor nos anuncian el peligro, y ellos lo evitan con su infinito poder. Pero el tiempo es precioso, y la noche debe ser nuestra amiga hasta que lleguemos a las riberas de Siria, pues sólo allí comenzaremos a estar seguros.
La Virgen, delicada azucena de frágil y quebradizo tallo, se revistió de ese valor que sólo poseen las madres cuando de él depende la vida de sus hijos, y abandonando el bosque hospitalario donde tantos temores había experimentado, siguió a su esposo con la resignación de una mártir.
