El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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Dimas, inmóvil, como la estatua de la meditación, con la vista fija en los santos viajeros, creyendo aún oír las misteriosas palabras, permaneció en el muro del viejo castillo hasta que los últimos rayos del sol se ocultaron detrás de las altas cimas del Líbano; Dimas, siempre preocupado con aquel acento que no pudo producir otra lengua que la de Jesús, viéndose rodeado de tinieblas y oyendo la voz de sus compañeros que le llamaban para salir como de costumbre, a recorrer los caminos de Samaria, extendió los brazos en dirección a la tortuosa senda por la cual habían desaparecido sus misteriosos huéspedes, y exclamó con fervoroso acento:

¡Oh, Tú, el más hermoso y bienaventurado entre todos los niños, si se ofreciese otro tiempo en que sea preciso tengas otra vez misericordia, acuérdate de mí entonces y no te olvides de esta ocasión! (San Anselmo.)

Treinta y dos años después, Cristo, sobre el Calvario, recompensaba con estas palabras la caridad hospitalaria del buen ladrón: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso».

La tradición sobre la cual hemos basado la leyenda que antecede, dice así:

«La Santa Familia había pasado más allá de Anathot, y caminaba de noche a fin de sustraerse de una peligrosa vecindad, cuando vio desembocar de una oscura barranca unos hombres armados que le impedían el paso.


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