El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Siguiendo mi punzón —continuó Herodes, haciendo correr sobre el mapa el marcador de oro qué tenía en la mano—, puedes ver los dilatados reinos que posee Roma, y que pagan tributo a nuestro amigo Augusto. Esto es África, donde el atroz Masinisa, al frente de sus ligeros numidas, hizo huir al vencedor Aníbal, quemando dos campamentos y apoderándose de la ciudad de Zama. Aquí está la Macedonia: el desventurado Perseo, su último rey, fue conducido a Roma por Polo Emulio, su vencedor, en donde murió de hambre entre las negras paredes de un calabozo. Esto es la Grecia y esto las islas Británicas. Julio César fue el primero que desembarcó sobre las encrespadas rocas de sus riberas, sometiendo poco después la Galia, Asia, Siria, el Ponto, la Bitinia y el reino de Pérgamo. Siguiendo esta línea, encontrarás a Egipto, donde Marco Antonio, el amigo de César, llegó como conquistador y terminó siendo el esclavo de la reina Cleopatra, que supo adormecerle con sus hechizos. Y esto, por fin, es nuestra hermosa Judea, reino que yo legaré a tu padre, y que tú regirás algún día como dueño y señor.
—Y dime, querido abuelito —exclamó Achiab en un arranque de infantil curiosidad, colocando los codos sobre el mapa y acariciando la áspera barba de Herodes—, esos reyes de Roma que son hoy día dueños del mundo, ¿fueron siempre tan poderosos?