El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Te responde la memoria de mi difunto padre, a quien voy a vengar con esta arma, y sobre cuya cabeza juro entregarte esa cantidad, que es, como sabes, veinte veces mayor que la que me has pedido, si no muero en la demanda.
Las palabras de Dimas tenían un sello de verdad irrecusable. El cuchillero comprendió que algo extraño pasaba en el corazón de aquel joven y por uno de esos arranques que no se explican en un judío, fió en las palabras del matutino comprador, viendo un negocio soberbio en aquella venta extraña.
—Si me engañas, peor para ti —le dijo, entregándole el cuchillo—, si tienes palabra, Jehová te proteja y te salve de los peligros a que puede exponerte tu venganza.
—Gracias —contestó el huérfano—. Pero antes de separarnos debo decirte mi nombre para que conozcas a tu deudor. Me llamo Dimas; tú lo oirás alguna vez, porque es nombre que ha de sonar bastante en las doce tribus.
Y sin aguardar respuesta tomó la calle adelante, y poco después, cruzando la puerta de los Ganados, fue a sentarse a la sombra de un robusto sicómoro, de cuyo fruto comió con apetito, pues hacía muchas horas que no tomaba alimento.