El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Esperad, buenos señores —volvió a decir Enoé—; el pasillo está oscuro y voy a alumbraros.
La judÃa cerró la puerta sin hacer ruido, y pasó delante, deslizándose por un estrecho corredor. Los dos amigos siguieron en silencio a su joven conductora, y asà caminaron como unos veinticinco pasos, hasta que, tropezando con una pared, se detuvieron. La hija de Israel colocó su mano sobre la pared y ésta, como si obedeciera al contacto de una varita mágica, se abrió para dar paso a los dos amigos.
—Entrad —les dijo Enoé.
Paulo y Antipatro atravesaron aquel hueco, que conducÃa a otra habitación. Entonces se hallaron en un camerÃn profusamente alumbrado, que contrastaba agradablemente con la oscuridad de la primera pieza. Enoé habÃa desaparecido.
—¡Oh! —exclamó con marcado asombro Paulo—. Esto es maravilloso: la luz sucede a las tinieblas; la ostentación a la pobreza.
Y el hijo de Marte comenzó a mirar los objetos que le rodeaban, con el asombro del hombre que después de una pesadilla horrible se encontrara al despertar en el camerÃn de una diosa de la mitologÃa egipcia.
Veamos nosotros lo que causaba la admiración del soldado pretoriano.