El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Escucha. Los soldados romanos aborrecen la paz: morir en el campo de batalla es la muerte mejor y más gloriosa para los hijos del TÃber. Roma cuenta un crecido número de legionarios que, cansados de la inacción que les enerva, se hallan dispuestos a desnudar sus espadas a la voz del primero que les ofrezca un puñado de oro; tú debes ser ese hombre. Si el César no te nombra jefe de la escolta, puedes sin embargo, introducirte en las filas, comprando a uno de los centuriones, y ocupar su puesto; durante la travesÃa no te será difÃcil sobornar algunos soldados, y cuando pises la tierra de Judá, no habrá de faltarte un pretexto para que uno de los tuyos sepulte su espada en el pecho de Herodes. Yo mientras tanto, en Jerusalén, reuniré mis parciales, y cuando tú llegues a sus murallas, para ti el oro, para mà la corona.
—Tu plan es arriesgado. ¿Te olvidas que César Augusto es el único que puede concederte la corona de Judá?
—Al César se le compra: mi padre lo hizo asÃ; yo puedo hacerlo también.
—En este juego arriesgas la cabeza.
—La muerte de Herodes debe atribuirse a la casualidad, o motivada por su carácter irascible.
—Pero en Jerusalén quedan tres hijos de Herodes, tres hermanos tuyos.