El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —No le conoces: su muerte es segura, y la mÃa no está muy lejana; pero yo no soy de los que se rinden sin luchar, y una vez apagada en mi corazón la voz de la naturaleza, la lucha será terrible, y necesito de ti, Paulo.
—Habla —contestó el romano, viendo con disgusto que aquella cena que habÃa empezado con tan buen auspicio, iba a terminar con una conspiración.
—Terminadas en Roma sus gestiones, mi padre tornará a Judá escoltado por los soldados pretorianos. Si al pisar las riberas de Palestina mi padre deja de existir, la corona será mÃa, y tuyos veinte talentos hebreos.
El soldado de Augusto se quedó un momento pensativo, y luego le dijo:
—Si yo no formo parte de la comitiva, de regreso, no puedo servirte.
—Formarás parte.
—¿Sabes de antemano las órdenes del César mi dueño?
—No; pero puede combinarse que regreses a Judá con mi padre.
—ExplÃcate mejor.