El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Paulo continuó con su pausada y fría gravedad:
—Tú serás rey, y yo gobernador. En cuanto a la suma que debo percibir, se aumentara en doce talentos, que son los que deben distribuirse entre los soldados de los apostaderos de Palestina para que secunden el movimiento.
Esta vez Antipatro fue el que se quedó pensativo por algunos segundos; pero luego, como si hubiera formado una resolución repentina, dijo sin vacilar:
—Acepto.
—Pues bebamos por el buen resultado de nuestra empresa.
Llenaron las dos copas, y Paulo volvió a decir:
—¡Por la prosperidad del futuro rey de Jerusalén, y por la fortuna del próximo gobernador de Galilea!
Después de apurar las copas, Antipatro saltó de su lecho, y encaminándose a uno de los extremos de la pieza, sacó de una especie de armario, embutido en la pared muy disimuladamente, una bolsa de cuero bastante abultada, un tintero de barro y dos pedazos de papiro, objetos que colocó sobre la mesa sin despegar los labios.
—En esta bolsa hallarás doscientas minas hebreas. ¿Tienes bastante para las primeras distribuciones de Roma?
—Creo que sí; pero…
—Te comprendo. En estos papiros podemos extender las obligaciones; tú guardas uno, y yo el otro.