El mártir del Gólgota

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Y Antipatro extendió el papiro y mojó la pluma en el tintero.

—Veo que llevas el trato con toda la legalidad de un patrono: eso me gusta.

Los dos amigos extendieron una obligación de lo que cada uno debía hacer y percibir en la conjuración que se urdía contra el rey de la ciudad santa. Terminada esta operación, cada uno guardó cuidadosamente el trozo de papiro que le correspondía. Ambos estaban comprometidos; tal vez los dos habían firmado su sentencia de muerte.

El resto de la cena que había sido interrumpida para tratar de lo que saben nuestros lectores fue silenciosa. Los dos amigos comieron poco, pero hicieron frecuentes libaciones, tal vez para desvanecer con los vapores del vino las ideas que se agolpaban en sus mentes. Antipatro pensaba en la corona que, según su ambición, calculaba debía descansar antes de poco en sus sienes.

Paulo recordaba la frase fatalista de los romanos del tiempo de Augusto: «No te sientes en ninguna mesa en que los convidados sean menos que las Gracias o más que las Musas».

El penetrante sonido de un timbre que se extendió por la sala sacó de su profunda meditación a los dos amigos.

—¿Qué significa ese sonido? —preguntó Paulo.


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