El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Que Enoé nos avisa de que el lucero de la mañana ha aparecido en oriente.
—Entonces es preciso que nos separemos.
—Pronto las trompetas convocarán a la comitiva.
—Salgamos, pues, y Júpiter nos dé buena suerte en la empresa.
—Asà lo espero. Valor y confianza.
—Más fuertemente se arraiga el valor en un corazón que la confianza.
—Pues no olvides que ambas cosas necesitamos.
—Lo tendré presente.
Los dos amigos se estrecharon las manos con cordialidad, luego tomaron las precauciones necesarias, y se encaminaron a palacio, pero por distinto camino.
Poco después, la puerta secreta del camarÃn de Herodes se abrió para dar paso al esclavo Cingo, el cual se encaminó al lecho de su señor.
El idumeo no dormÃa.
—¿Y bien, Cingo? —preguntó Herodes a su esclavo.
—No te habÃas engañado, señor: Paulo y tu hijo han pasado la noche juntos.
—¿En dónde? —preguntó con indiferencia Herodes.
—En casa de Enoé, su esclava.