El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Ya lo sabes: desde ahora tu obligación es ser la sombra de ese romano ambicioso. En cuanto a mi hijo, le desprecio. ¿Qué hora es?
—La aurora despuntará muy luego en oriente.
—Avisa a Ptolomeo y disponlo todo para la marcha. Tú vienes conmigo.
Cingo saludó, y volvió a salir del camarín por donde había entrado. Herodes volvió a dejarse caer sobre su mullido lecho como si nadie le hubiera interrumpido.