El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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César no se conmueve: ve el peligro y lo desafía; pero al sentirse herido, vuelve la cabeza y ve a su amigo, a su querido Bruto, y exclama con inexplicable sentimiento: ¡Tú también, Bruto!

Entonces se cubre la cabeza con su manto como para no presenciar la ingratitud de un amigo tan querido, y cae atravesado sin vida a los pies de la estatua de Pompeyo.

Marco Antonio, el rudo y valiente soldado, el amigo de campamento del desgraciado Julio, acude con Lépido al sitio de la catástrofe, mandan trasladar el ensangrentado cuerpo del dictador a la plaza pública, y le colocan sobre un lecho de marfil para que el pueblo pueda ver a su protector. El pueblo se enfurece, y los asesinos huyen de Roma para morir más tarde en la batalla de Filipos en los campos de Grecia.

Cicerón, el sabio orador, se halla ya salvo sobre la popa de una galera; pero teme el mareo, y se hace conducir a su casa de campo en una litera.

Los soldados de Antonio le encuentran, le cortan la cabeza y la colocan en el Senado sobre la tribuna de las arengas; sarcasmo cruel y sangriento del feroz Antonio, que arrancó lágrimas de dolor a los sabios de Roma y Grecia.[97]


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