El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota En vano Herodes enviaba a sus soldados para exterminarlos: los bandidos de Samaria eran invisibles; y sin embargo, el teatro de sus sangrientas escenas era el corazón de Palestina. Los mercaderes de Egipto, de Damasco, de Tiro y Sidón, se veían con frecuencia asaltados en pleno día en mitad de los caminos. La audacia de los malhechores samaritanos no tenía límites. Las calles de Jerusalén presenciaron mil veces escenas de repugnante barbarie, llevadas a cabo por el puñal homicida de los indómitos habitantes del monte Hebal. Sus devastadoras correrías se extendieron desde la tribu de Judá a la tribu de Aser, y no pocas veces, cruzando el Jordán, habían llevado el terror y el saqueo hasta los bosques de Efraim. Los montes de Samaria con sus profundas cavernas les servían de refugio para burlar las persecuciones de los herodianos. El tétrico y solitario castillo que coronaba la cima del Ebal les servía de cuartel de invierno.