El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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Dimas, firme en su propósito, después de asegurarse de que su puñal permanecía oculto en los pliegues de su túnica, desenrolló de su cintura una honda formada con hojas de palmera seca, colocó una piedra de tres pulgadas de diámetro en la cuna de la honda, y haciéndola girar como un molinete sobre su cabeza, envió el proyectil dentro del castillo por encima de sus tétricas murallas. Esperó algunos momentos, pero nadie asomaba a sus torreones. Volvió a repetir por tres veces la misma maniobra, pero éstas, como la primera, tuvieron el mismo resultado.

—El castillo está solo —se dijo.

Y una sonrisa extraña asomó a sus labios. Luego continuó, hablando consigo mismo:

—¡Bueno fuera que un barbilampiño como yo se apoderara de la bolsa de esos zorros barbados que hacen temblar con sólo sus nombres a los impíos y afeminados romanos, a los torpes y cobardes herodianos y a los indefensos mercaderes del Nilo, el Éufrates y el Jordán!

Dimas, después de murmurar estas palabras, se quedó un momento pensativo. Se pasó la mano por la frente varias veces, y desnudando su largo puñal y arrojando saliva sobre una peña, se puso con tranquilidad a afilar el cuchillo que había vengado a su padre.


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