El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —¡Ea, valor, Dimas! La muerte es un momento; la vida es larga y pesada cuando se tiene hambre y se duerme en despoblado —y diciendo esto se encaminó resueltamente hacia el castillo, en cuya puerta descargó tres fuertes golpes con una piedra que de propio intento había cogido al paso.
Nadie respondió. Entonces, seguro de que el castillo se hallaba abandonado, reconoció escrupulosamente el muro que le cercaba, y halló un trozo derruido, por el cual, aunque no con mucha facilidad, podía escalarse la fortaleza por las muchas grietas y rajadas piedras.
Con el puñal en los dientes comenzó a trepar por la muralla. Una mano que hubiera flaqueado, una piedra que se hubiera desprendido, su muerte era segura: su cuerpo, rodando de abismo en abismo se hubiera deshecho en sangrientos pedazos contra los salientes de las rocas. Por fin, después de incalculables dificultades, llegó a la plataforma de la muralla, cubierto de sudor el rostro y ensangrentadas las manos.
En vano recorrió los estrechos pasadizos, las desiertas cámaras de la tétrica fortaleza: no encontró el codiciado tesoro que había soñado. Sus moradores debían tener, indudablemente, algún sitio destinado a ocultar el botín, pero este sitio sólo a ellos o a la casualidad era fácil descubrirlo. Dimas desesperó de encontrarle, después de tres horas de minucioso escrutinio.