El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota El cómitre, a una señal del comandante, descargó un fuerte golpe sobre una tabla con el grueso bastón que llevaba en la mano. Todos se pusieron en pie y elevaron su plegaria a los dioses inmortales. Después el pollero arrojó dos puñados de trigo junto a la jaula y abrió las puertas, dejando en libertad a los inofensivos animales, que se arrojaron con avaricia sobre el codiciado grano que veían ante sus ojos. Entonces un anciano venerable, de barba blanca y extraño y vistoso traje, se adelantó hasta colocarse junto a la jaula.
Su vestido era un arabea listada de púrpura y escarlata, sujeta a su cuerpo con unos corchetes de oro. Un bonete cónico de fondo blanco, con signos cabalísticos negros, cubría su venerable cabeza. Su diestra empuñaba un bastoncito curvo de metal. Este anciano era un augur, especie de sacerdote encargado de profetizar lo futuro, a quienes los romanos tenían una veneración sin límites.
El anciano, después de una ligera pausa, durante la cual examinó con detención cómo comían los pollos, elevó sus ojos al cielo con fanática y supersticiosa actitud, y, luego tocando a uno de los pollos con el extremo de su vara, exclamó con voz robusta, para que lo oyeran los tripulantes de las tres galeras que se hallaban alrededor de la que él ocupaba: