El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Los pollos comen con avaricia… el grano cae de sus picos esparciéndose por el suelo… ¡Buen agüero!… ¡Buen agüero!
Un grito de gozo resonó en las galeras. Entonces se sacrificaron algunas vÃctimas para la felicidad del viaje. Si uno hubiera estornudado durante esta ceremonia a la izquierda del comandante, o alguna golondrina hubiera cruzado revoloteando por encima de la nave, el viaje se hubiera suspendido. Tal era en aquella época el fanatismo de los romanos.
El augur, en vista de que la ceremonia se habÃa terminado sin que el sÃntoma más pequeño viniera a interrumpirle, presagiando un desastre, y viendo además el cielo limpio y despejado, dio el permiso al jefe de la expedición para que las galeras salieran del puerto.
Entonces el augur fue transportado a la orilla en una especie de canoa, y durante la corta travesÃa le acompañaron las bendiciones y los gritos de los tripulantes. Luego el comandante dio la orden de marcha.
El cómitre dejó caer por segunda vez su bastón sobre la tabla, y los palos de los remeros, como si estuvieran dirigidos por una sola mano, se hundieron a un tiempo en las aguas del rÃo, produciendo un ruido sordo y acompasado.
Las galeras, empujadas por la corriente y los remos, comenzaron a deslizarse sobre las amarillentas aguas del TÃber, en dirección al mar Tirreno.