El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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El comandante de la flota y el centurión Antonio miraron aquella orden con repugnancia, censurando aquel acto de barbarie paternal en el fondo de su conciencia, pero ateniéndose a las órdenes de su dueño, no se atrevieron a oponerse.

Aristóbulo y Filipo conocieron desde aquel momento el desastroso fin que les aguardaba; pero eran jóvenes y valientes, y su padre no pudo ver en sus labios más que una sonrisa de desprecio y en sus ojos una mirada de odio.

La flota llegó sin tropiezo, después de algunos días de viaje, a las costas de Fenicia. Herodes vio desde el castillo de popa de su galera las altas cordilleran del Líbano, y mandó al piloto que atracara las galeras en el puerto de Berito, que cual un ave marina se veía sobre una roca dos millas del mar en las riberas del Mediterráneo occidental. El piloto dirigió la proa de sus naves hacia la costa, y una hora después, los remeros, abandonando sus banquillos, amarraban la nave en las estacas y fuertes argollas del embarcadero de Berito.

Herodes manifestó al comandante de la flotilla que quería desde aquel punto hacer el viaje en litera, y después de distribuir una suma considerable entre los tripulantes, desembarcó sobre la playa, siguiéndole Antonio con su centuria.


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