El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Entonces la escolta del rey tributario y los habitantes de Berito, que habían acudido atraídos por la curiosidad, presenciaron una escena terrible, cruel, inhumana.
Herodes había mandado a sus esclavos que armaran su litera, y se hallaba echado muellemente sobre sus almohadones, hablando con su esclavo Cingo, mientras desembarcaban los caballos de la centuria que debían escoltarle hasta Jerusalén.
—Cumple mis órdenes, Cingo, y despachemos —dijo Herodes a su esclavo—: tengo grandes deseos de entrar en Jerusalén y ver a mi hijo Antipatro.
Cingo se separó de la litera y fue a reunirse con los esclavos, que algo separados de aquel sitio cuidaban de los bagajes y de los prisioneros, esperando las órdenes de su amo.
Sin que nadie comprendiera el motivo, seis de los esclavos clavaron con una prontitud maravillosa sobre la movible arena unos caballetes de madera en forma de horcas, y antes de que los espectadores pudieran darse cuenta de nada, aquellos malvados, ciegos instrumentos del feroz escalonita, arrollaron un lazo corredizo a los cuellos de los infelices Aristóbulo y Filipo, y arrastrándolos con increíble ferocidad hasta el pie de la horca fueron colgados en presencia de todos, sin que nadie se atreviera a evitar aquel acto de barbarie.