El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota La sangre inocente enrojecía la tierra. El dolor de algunas madres era tan inmenso, tan terrible, que se sentaban en el suelo con los destrozados cuerpos de sus hijos en los brazos, y comenzaban a mecerles y a cantarles como para dormirles.
Aquellas desgraciadas tenían los ojos sin lágrimas, la sonrisa en los labios, y cantaban porque habían perdido la razón.
Otras, más varoniles y menos resignadas con su suerte, al ver maltratados a los queridos trozos de sus entrañas, se abalanzaban contra los verdugos como las panteras heridas, y hacían presa con sus dientes en las manos de los sayones, cayendo, después de una lucha desesperada, anegadas en sangre sobre el cadáver de sus hijos.
Más de sesenta belemitas, sacrificados al furor de Herodes, yacían degollados en el ancho atrio de la piscina. El cuadro, era horrible, espantoso; la historia lo recuerda con asombro, sin ejemplo. La cruel matanza había terminado, y los verdugos se disponían a abandonar aquel inmenso bazar de sangre y dolor cuando vieron a una mujer que se dirigía hacia aquel sitio con un niño en brazos.