El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota LA SANGRE EN EL ROSTRO
Los verdugos de Belén llegaron a la ciudad santa a la caída de la tarde.
Cingo distribuyó entre sus feroces compañeros el precio de su horrible asesinato, y aquellos miserables se desparramaron por la ciudad, ansiosos de ahogar con los vapores del vino el remordimiento del crimen que acababan de perpetrar.
Aquella noche los habitantes de Jerusalén, a cuyos oídos había llegado la noticia del sangriento drama, presenciaron escenas de increíble cinismo. Los compañeros de Cingo discurrían por las calles beodos, haciendo alarde de su brutal ferocidad y disputándose el número mayor de víctimas que había inmolado su cruel cuchilla. Uno de ellos enseñaba su brazo cubierto de heridas a sus amigos, diciendo:
—Yo he cortado veinte cabezas: ved aquí clavados los dientes de las madres.
