El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Sus compañeros soltaron una feroz carcajada; pero en medio de aquellas risas salvajes, incomprensibles, flotaba una cosa sombrÃa: era el fantasma terrible del remordimiento, que clavaba sus envenenadas saetas en los corazones de aquellos miserables asesinos. Más tranquilo que sus satélites, el esclavo favorito se encaminó hacia el palacio de su señor. Como siempre, penetró en el dormitorio de Herodes por la puerta secreta. El idumeo se paseaba con grandes muestras de agitación cuando Cingo entró en su cámara.
Una sonrisa feroz apareció en sus labios.
—Cingo… ¿eres tú? ¡Ah! Gracias a Moloc, vuelves por fin.
—Estás obedecido.
—¿Todos?
—Todos —respondió el esclavo con su acostumbrado laconismo.
—¡Ah!
Herodes exhaló un profundo suspiro desde el fondo de su corazón.
—Si hemos de dar crédito a una de las mujeres que se quedó llorando en Belén —volvió a decir Cingo con una frialdad cruel—, el rey de Judá no debe inspirarte el menor recelo: he aquà su cabeza.
Y el esclavo, desdoblando la punta de su manto, presentó la cabeza del niño que tan cruelmente habÃa arrebatado de los brazos de la última belemita.