El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Herodes dejó aquel miembro insepulto sobre una mesa, y comenzó a examinarle en silencio. Las vidriosas pupilas del idumeo se fijaban con una tenacidad extraña en el lívido semblante de aquella cabeza ensangrentada. De vez en cuando se restregaba los ojos, como si algún estorbo le impidiera examinar a su placer aquellas facciones inanimadas.
—¡Es extraño! —murmuró después de una pausa—. Se me figura que yo he visto esta cara antes de ahora.
Cingo nada decía. Orgulloso con haber desempeñado tan fielmente la terrible misión de su señor, esperaba impasible la recompensa que, según costumbre, debía seguir al servicio prestado.
Herodes, preocupado siempre con el examen de la cabeza, y como si una duda le atormentara, cogió por los cabellos ensangrentados el cráneo del niño y acercóse a la ventana, como si quisiera con los últimos rayos del sol poniente que iban a morir, desvanecer las dudas que sentía.
En este momento alzóse el pesado tapiz que cubría la puerta, y una mujer pálida, ensangrentada y con los ojos hinchados por el llanto, se presentó en la sala.
La mujer lanzó un rugido reconociendo a Cingo.
Herodes volvió la cabeza.
—¿Tú aquí, Rebeca? —le preguntó el rey con extrañeza.