El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —¡Dejadme!… ¡Dejadme!… —gritó el rey con acento amenazador después de un momento—. Pero llevaos a ese cuerpo ensangrentado de mi presencia; su vista me quema los ojos y hace arder mi corazón.
Rebeca recogió el destrozado cuerpo del niño, envolviéndolo en su falda y luego, lanzando una mirada amenazadora al esclavo, exclamó con tono profético:
—¡Ay del asesino de los primogénitos de Judá! Su nombre será maldito por los siglos de los siglos, y en la última hora de su muerte las furias del averno se gozarán en destrozarle las entrañas con sus lenguas de fuego.
Y Rebeca salió de la cámara del rey, estrechando contra su pecho el cadáver del inocente mártir. Cingo iba a hacer lo mismo, cuando Hedores exclamó incorporándose:
—Espera…
—Señor, castÃgame: soy digno de tu enojo.
Y Cingo inclinó la cabeza como si esperara el golpe que debÃa vengar a su rey.