El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —No temas, Cingo; la fatalidad colocó bajo el filo de tu cuchillo el cuello de mi hijo. Culpa es del Dios enemigo de mi raza, y no tuya. Pero escucha: la sangre derramada será inútil si no logramos apoderarnos del hijo de ZacarÃas y del rebelde Antipatro; a tu celo encomiendo la tranquilidad de mi reino. Corre, busca, no perdones medio para que se realicen mis deseos. Mientras Juan y Jesús vivan, mientras Antipatro goce de libertad, la corona vacila en mi cabeza, el poder se escapa de mis manos, el puñal de mis enemigos me amenaza por todas partes, mi sueño es intranquilo, mi vida una agonÃa lenta y prolongada que me consume… Porque tú lo sabes, Cingo, esta enfermedad cruel que me devora alienta a mis enemigos; allá donde dirijo mis ojos les veo alzarse amenazadores, codiciando mi cetro y mis tesoros. Por todas partes levanta la cabeza la conjuración. Los fariseos, los asesinos, cada dÃa más terribles y provocativos, conspiran hasta en el templo de Sión y en la ciudad santa. Esos dos niños que se han librado de mi castigo, les sirven para enardecer los ánimos de los israelitas. Pero tú, mi bravo Cingo, destruirás la esperanza de los hebreos. Corre… corre… pues en ti solo descansa mi trono. Los romanos son indolentes, y se hacen pagar muy caros los servicios que prestan a su señor, y, además, que estos asuntos deben desempeñarse en secreto y se debe preferir la noche al dÃa: es más callada.