El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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Herodes se detuvo. Sus hundidos y vidriosos ojos se fijaron de un modo tenaz en el impasible semblante de su esclavo, como si quisiera sorprender el efecto que habían producido sus palabras; pero el etíope, acostumbrado a obedecer ciegamente las órdenes de su señor, inclinó ligeramente la cabeza y encaminóse hacia la puerta.

El rey le detuvo cogiéndole por el brazo. Aquella familiaridad hizo estremecer al esclavo.

—Si logras presentarme las cabezas de Juan y de Jesús, yo te ofrezco en recompensa un talento hebreo, y devolverte la libertad.

Herodes dijo estas palabras poco a poco, y como dejándolas caer en el corazón de Cingo.

El esclavo contestó con impasibilidad:

—Eros, el esclavo de Marco Antonio, ha inmortalizado su nombre muriendo a los pies de su señor; mi única ambición es inmortalizar el mío muriendo por ti.[116]

Herodes tendió una mano a aquel bravo y leal servidor, que no tenía más voluntad que la de su dueño.

Cingo besó aquella mano que su rey le alargaba, y en sus negros y penetrantes ojos, en sus grandes y toscas facciones, pudo distinguirse bien claramente la inmensa alegría en que rebosaba su corazón.

—Parte, y no olvides que te espero.


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