El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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—Jamás descanso cuando mi señor me encomienda algo que le importa.

El esclavo salió del aposento, caminando de espaldas hasta la puerta. El rey de Jerusalén quedóse algunos momentos inmóvil en mitad de su cámara, como si con la ausencia de su esclavo hubiera sentido un vacío en su corazón.

De repente su semblante tornóse lívido y desencajado, sus ojos se hundieron y todo su cuerpo se contrajo de un modo horrible. Algunas manchas de un color purpúreo asomaron a la piel de su rostro, y su boca, contraída por el dolor, se abrió para dar paso a un prolongado gemido. Llevóse las manos al estómago, y su cuerpo, agitado por una convulsión nerviosa, se desplomó sobre la mullida alfombra, gritando:

—¡Socorro!… ¡Socorro!… ¡Que me muero!…

Herodes se revolcaba por el suelo como un condenado. Por su boca salían borbotones de espuma, y un temblor convulsivo agitaba su cuerpo. Diríase que el soplo del infierno le estaba quemando las entrañas. Su familia acudió precipitadamente y le trasladó a su lecho.

Los médicos le rodearon, prestándole los auxilios de la ciencia, pero la enfermedad se había declarado sin máscaras; tenía un cáncer en el estómago, y este horrible mal debía conducirle al sepulcro muy en breve, después de hacerle padecer de un modo incalculable.


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