El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Esta ceremoria duró poco más de una hora, y, por fin, el cilindro dejó de girar ante la frente de Sedoc; la lectura de la ley de Moisés se había terminado —y Antipatro, colocando una mano sobre el volumen que le presentaba el anciano, y otra sobre su corazón, juró no faltar mientras viviera a aquellos diez capítulos dictados por Jehová. Entonces los cuatro israelitas se levantaron y, colocando sus manos sobre la cabeza del joven príncipe, exclamaron:
—Ya eres nuestro hermano. Tu carne es nuestra carne, como la nuestra es tuya, y tu sangre nos será tan preciada desde este día como la que circula por nuestras venas.
—Apedreado sea como los blasfemos, devorado por los perros se vea mi cuerpo como los réprobos, sin luz queden mis ojos, sin armonía mis oídos y sin palabras mi lengua, si falto a esas leyes de mi Dios, que he visto, oído y ensalzado —volvió a murmurar Antipatro.
—Amén —volvieron a decir los cuatro compañeros.
Y después de esto hubo una pausa.
Durante esta pausa los cinco conspiradores rezaron en voz baja para que Dios hiciera santo aquel lazo fraternal que en pro de la libertad y de la patria acababan de estrechar.