El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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La lucha, pues, era desesperada, rabiosa, sin cuartel. El herido no tenía que esperar la clemencia de su vencedor, porque era inútil. Por fin, los israelitas fueron cediendo ante la fuerza numérica de los romanos. Algunos combatientes, viendo la superioridad de sus enemigos, comenzaron a buscar su salvación en la fuga. Antipatro fue uno de los primeros que abandonaron vergonzosamente el campo de batalla. Aquel príncipe afeminado y sedicioso perdía por su falta de valor una corona y arriesgaba su vida, que el miedo le hizo mirar en aquellos instantes con más cariño del que debiera.

Una hora de lucha encarnizada bastó a los soldados de Herodes para probar a los sediciosos israelitas que su plan había fracasado. Más de cien hombres se revolcaban por el suelo, bañados con la sangre que manaba de sus heridas.

Cuando el combatiente se persuade que es impotente contra el peligro que le amenaza, el valor se apaga y la idea de la salvación individual toma grandes proporciones en el ánimo.

A Dimas le bastó una mirada para comprender que todo se había perdido y sacando un cuerno de caza que colgaba de su cinturón, lo aplicó a sus labios.

Aquel sonido reunió en torno suyo como por encanto a todos los soldados de su compañía que quedaban con vida.


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