El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Todo se ha perdido —les dijo con rabioso acento—. ¡A Samaria! ¡A Samaria!… ¡SÃgame el que pueda!
Y derribando con su terrible puñal cuanto hallaba a su paso, salió del templo, seguido de sus compañeros, y abandonó la ciudad. Poco después todo habÃa terminado. Los habitantes de Jerusalén se asomaban con miedo a sus ventanas para ver pasar una legión de herodianos que conducÃa entre dos filas de lanzas a Sedoc, Judas y MatÃas, y cuarenta de sus valientes discÃpulos.
Estos mártires de la independencia de su patria caminaban cargados de cadenas, con el traje en desorden, el rostro descompuesto y manchados con la sangre de sus vencedores.
Archelao y Verutidio marchaban a la cabeza de la columna: iban a Jericó a presentar al terrible Herodes los prisioneros de guerra.
Aquellos infelices demostraban en sus miradas que todo habÃa acabado para ellos en la tierra.
Dios era su única esperanza; pero esa esperanza es la única del creyente; por eso cae como un bálsamo santo sobre el corazón de los desgraciados.