El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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—Pues mira, eliges cuarenta, los que más te incomoden, y hazles morir asaetados en el hipódromo, y en cuanto a los tres jefes de la rebelión, lo más prudente es quemarlos vivos y esparcir después las cenizas. La mala semilla conviene exterminarla de raíz.

Ptolomeo se disponía a abandonar el cuarto de su rey, temeroso de que tan terrible sentencia le alcanzara, cuando Herodes le detuvo diciendo:

—¡Ah! Me olvidaba. A los demás puedes dejarles libres para que pregonen la clemencia de Herodes. Vete, y di a mis esclavos que me sirvan la cena.

El guardasellos salió de la cámara real y media hora después el rey cenaba tranquilamente con su hijo Archelao, su nieto Achiab y su general Verutidio.

Las órdenes de Herodes fueron cumplidas al día siguiente. Los primeros albores del crepúsculo oriental cayeron sobre el circo de Jericó; bañando las altas columnas del real edificio levantado con el oro de Herodes para entretener al populacho con los feroces espectáculos que tanto entusiasmaban al pueblo del Tíber. El inocente canto de las aves se mezcló con los dolorosos gemidos de los cuarenta discípulos, que por espacio de dos horas sirvieron de blanco a los tiradores herodianos.

Sedoc, Matías y Judas fueron quemados en presencia de sus compañeros. El feroz idumeo había lavado con un mar de sangre el insulto que los israelitas habían inferido a Roma.


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