El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —SÃ… lo he oÃdo decir… la clemencia es una gran cosa; pero con el carácter de los hebreos la clemencia es un grave inconveniente.
—Salomón ha dicho que la benevolencia es como el rocÃo —volvió a repetir Ptolomeo.
Herodes le dirigió una mirada terrible, que hizo temblar al guardasellos.
—Salomón —dijo con una entonación frÃa y cruel Herodes— era un sabio… muy sabio… y pensaba como suelen pensar esa familia de locos pacÃficos que vagan por las calles, y que el vulgo denomina con la palabra sabios; pero yo no tengo talento: más que un hombre de letras soy un hombre de armas, y mi deber es castigar la rebelión que levanta la cabeza para turbar la paz de mis súbditos.
—Tú eres el señor nuestro: tu voluntad es ley. Manda y serás obedecido.
Ptolomeo dijo estas palabras con todo el miedo que podrÃa decirlas un cortesano que ve en riesgo su privanza y su vida.
—¿Cuántos son los sediciosos? —preguntó Herodes después de una pausa.
—Cerca de ochenta.