El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Herodes guardó silencio. Diríase que la profecía de Sedoc había anudado su lengua. Tuvo miedo de aquel anciano que, precursor de la muerte se alzaba ante él para enseñarle una fosa.
El padre le había profetizado una corona: el hijo una tumba.
El idumeo arrojó un puñado de monedas de plata sobre aquellos infelices que temblaban a sus pies; y dio la orden de que le condujeran a su palacio. Al salir del circo, el rey agitó su pañuelo en señal de perdón. Los conspiradores lanzaron un grito de gozo pero aquella clemencia de Herodes era un cruel sarcasmo, una burla sangrienta.
El infame idumeo les enseñaba el cielo por el solo placer de hundirles en el infierno: les ofrecía una esperanza para hacerles más amargo el desengaño. Porque en los sangrientos cálculos del verdugo de Mariamne jamás había entrado el perdonar a los rebeldes israelitas que atentaban contra la tranquilidad de sus reinos derribando la enseña triunfadora de sus aliados. Por eso, olvidando sus padecimientos, preocupado con una idea sangrienta tan frecuente en él, llegó a su palacio y llamó a su guardasellos, diciéndole:
—Oye, Ptolomeo. ¿Qué pena te parece que debía imponerse a esos rebeldes?
—La clemencia es la mayor virtud de los reyes —respondió el viejo servidor.