El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Sedoc, que no había inclinado su orgullosa frente ante Herodes, admirado de la extraña clemencia de aquel tirano, le dirigió la palabra de esta manera:
—Yo soy Sedoc, hijo de Manahem el adivino, y te doy las gracias en nombre de estos jóvenes que se postran a tus pies, admirados de tu leal clemencia.
—¡Ah! —exclamó el idumeo, fijando su penetrante mirada en aquel anciano—. ¿Por ventura posees tú el mismo don de tu padre? ¿Eres, como él, de esos inspirados que vaticinan lo futuro y leen el misterioso libro del porvenir?
—Así lo cree el pueblo —respondió el asenio.
—Pues acércate, acércate y lee en el libro mío.
Sedoc dio algunos pasos y volvió a detenerse. Su mirada de águila abarcó con tenacidad el cadavérico rostro de Herodes. Hizo una ligera pausa como si estuviera descifrando algún enigma, y, luego, extendiendo la mano, dijo con voz profética:
—La página de tu vida se presenta muy oscura en el libro del porvenir; sus letras están borradas; pero observo un signo que me dice que antes que la luna nueva aparezca en todo su esplendor sobre las tranquilas aguas de Tiberíades, lanzarás el último soplo de tu vida, porque Dios tiene su mano suspendida sobre el gran libro de los vivos para borrar tu nombre.