El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —¡Ingratos! —exclamó después de una pausa, con una entonación sentida y bondadosa, como la que suelen emplear los padres para reprender alguna inconveniencia del hijo que más quieren—. ¡Ingratos! He ahà el pago que recibo, en cambio de los beneficios que derramo a manos llenas sobre ellos. Yo he reedificado su santo templo, yo abro mis graneros cuando el hambre les cerca amenazadora y cruel; yo sacrifico con la fe del creyente ante el altar del Dios invisible de sus mayores, yo he agotado mis tesoros para pensionar sus poetas, levantar teatros, circos y ciudades, engrandeciendo con la ayuda del arte la tierra de Israel, y ellos, hijos desnaturalizados, se rebelan contra su padre enfermo con una ingratitud inconcebible… Mi mano bienhechora, siempre extendida para sembrar el bien, esperaba una lágrima de agradecimiento y un beso de cariño… y como vÃboras vienen a clavar su venenoso aguijón, emponzoñando los últimos momentos de mi vida… ¡Dios lo quiere!… ¡Dios lo quiere!…
Herodes lanzó un suspiro, y aun se cree que asomaron dos lágrimas a sus ojos. Los prisioneros ante aquella dulce y paternal reconvención de su señor, se sintieron tan conmovidos, que, agrupándose en derredor de la litera, se arrojaron a los pies del rey, pidiendo perdón de sus culpas.