El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Cuando la pieza se pierde, el podenco no desconfÃa mientras no ha perdido el rastro.
—¿De modo que tú tienes el rastro?
—Es más, señor, confÃo tropezar con el jabalà antes de mucho.
—¿Cuándo?
—Esta noche.
—Pues si es tanta tu fortuna, enciérralo bien y avÃsame al momento.
—Asà lo haré.
—Pero no olvides que los viejos tenemos algo de niños, y nos enojamos cuando no nos cumplen lo que nos ofrecen.
Cingo saludó y Herodes dirigió una mirada hacia el grupo de los prisioneros cerrando un poco sus párpados como si quisiera replegar el foco de sus pupilas sobre aquellas cabezas que comenzaban a doblarse ante él abatidas y medrosas.